
Procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre. Santiago de Cuba, septiembre de 2009. (Arquidiócesis de Santiago de Cuba).
Muerto. Es éste un pueblo muerto. A sólo 21 kilómetros de la ciudad de Santiago de Cuba, El Cobre asemeja a un burro panza al sol, con gallinazos picoteándole las entrañas. Así se aprecian entre los riscos las casuchas del enclave más venerado en la Isla, si no el que más fieles recibe, al que todos van o sueñan ir cada 8 de septiembre.
No hay aquí hoteles, ni un hostal maluco, menos un restaurante. Parece como si alguien se hubiera empeñado en hacerle la guerra al pueblo; una guerra silenciosa, como el que puñal en mano ataca por la espalda.
El apagón en vísperas del Día de la Caridad tiene textura sospechosa en las lámparas apagadas, el sabor amargo de la frustración de los papeles que no llegan y el olor de los aguafiestas.
”¡Cualquier iglesia consigue lo que se propone. Ah… que no sea la Católica!”, dice una mujer desde el portal contiguo. Aunque el gobierno anunció a bombo y platillo la instalación de grupos electrógenos por toda Cuba, a El Cobre no han llegado: el Santuario posee sólo una pequeña planta eléctrica.
Durante la reciente celebración del Día de la Caridad, el apagón se extendió desde el día 6 a la madrugada del 7 de septiembre. Algo parecido ocurrió esa medianoche, cuando más de 2.000 personas aguardaban la misa que oficiaría monseñor Dionisio García Ibáñez. El Cobre parecía un cementerio. Según los lugareños, algo así no ocurría desde hacía mucho tiempo, quizás desde la época de los “alumbrones”.
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